Berlin, esa quimera

Habla el diccionario de Quimera como monstruo de cabezade león y cola de dragón, o de Aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo. En nuestro caso y por evidente estrechez de miras y falta de más referencias tendemos a nombrar Berlin como ejemplo de todos los bienes que somos capaces de imaginar en una ciudad, es sin lugar a dudas nuestra quimera. Abusamos, probablemento todos en nuestro entorno, de las alusiones a la capital germana por tratarse de un ejemplo próximo y desde luego alejado del circo de Estado en el que nos ha tocado vivir, Estado y estado… también hay que decirlo. Esta mañana, repasando la actualidad encuentro multiples referencias a la ciudad alemana en twitter, en un interesanstísimo artículo de Ramón Zallo y en unas no menos lúcidas reflexiones, muy en la línea de este blog, de Sergio Cruzado en el cuaderno de JL. Etxeberria.

Estando hace apenas mes y medio en Berlin me sorprendía de que las calles no estuviesen adoquinadas con ese mármol tan típico de nuestras capitales, los jardines se viesen descuidados y la mayor parte de las estaciones de metro no tuviesen dos ascensores a cada lado, rampas de acceso y mármol con lija en ellas. Estaba yo en la capital quimérica de la europa cultural, nada menos que en Alemania, donde viven forrados de pasta de la wolkswagen y el Lidl, donde la gente cobra 3000 euros y aquello no parecía haber sido inaugurado por ningún político recientemente. Curioso. En cambio, en cada acera, junto a cada comercio los clientes y en ocasiones ciudadanos, disfrutaban de la calle en bancos y banquetas improvisados, junto a retazos de jardines customizados por los propios comerciantes y vecinos, sin uniformidad, sin orden aparente. Habráse visto, ciudadanos haciendo uso del espacio público.

También en cada barrio, numerosas viviendas y pabellones vacios lucían grandes pintadas, ventanas de colores y atentaban evidentemente contra lo que cualquier ciudadano de Donostia, Bilbao o Pamplona consideraría como “buen gusto”. Grandes espacios una vez okupados se veían integrados en la vida de la ciudad, abriendo sus puertas a los turistas para la venta de serigrafías o la visita a exposiciones y conciertos. Una vez más, alguien había hackeado las calles y nosotros aquí, hablando de que en Berlin esto no pasa.

Durante casi 4 años he colaborado en un proyecto cultural independiente en Barcelona, pensando ingenuamente que la ciudad terminaría por asimilarnos (en el mejor sentido de la palabra) fruto del apoyo comunitario y de la visibilización del impacto social del proyecto en su ámbito de acción, El Raval, donde putas y yonkis hacen las delicias todavía hoy de los peores Callejeros de Cuatro. Tuvimos tiempo en ese periodo para darnos cuenta de que no, de que aquí, lamentablemente la ley inmobiliaria se cumple por cojonímetro y cuando llega el señor de las reformas todo el mundo calla, pero, también, y esto es lo peor, aprendimos que nosotros mismos, tanto desde dentro, como a modo de ciudadanos no terminamos por reconocer el valor de lo que sucede sin tutela pública. No puedo decir que con Kukutza haya sucedido algo parecido, porque sinceramente, no tengo ni idea de su relación real con su entorno, pero si me vienen a la mente tantos y tantos proyectos, espacios autogestionados o comerciales que apostaron por otra forma de hacer cultura y que no supimos apoyar. Los politicos no han entendido el mensaje, eso es evidente, pero probablemente nosotros tampoco somos muy justos cuando algo trata de echar a andar e inmediatamente tratamos de etiquetar su procedencia, o son borrokos, o son pijos, o ese le pega a la farlopa que no veas. Curiosamente en una sociedad monetizada como la nuestra tratamos de racanear unos euros a una función teatral independiente de 3 euros, cuando somos capaces de trincarnos 4 cubatas en una noche. Esto, y mucho de lo dicho sonará a demagógico, porque lo es, pero hoy hashtageamos a #Kukutza y reconocemos el valor que no supimos defender apropiadamente mientras duró, tanto alli, como en cualquiera de nuestras ciudades y pueblos. Si alguien puede hacer barrabasadas con el suelo y la cultura es porque les hemos dejado y francamente, parece hora de que la cosa empiece a cambiar (creo que lo está haciendo un poco).

Probablemente en un país menos en trance como Alemanía han dedicado los últimos 30 años a cosas más productivas que confrontar o inaugurar polideportivos en cada barrio, comprendiendo que la activación social y la generación de valor cultural van de la mano, vengan de donde vengan. El modelo de construcción de grandes equipamientos ha sabido convivir, en una ciudad que tuvo que unir dos culturas completamente antagónicas, con la convicción de los ciudadanos por la defensa de la cultura de lo público, entendido esto no como papá Estado, sino más bien como propiedad de los medios de producción y generadores de las condiciones mínimas de bienestar, donde la cultura es sin duda una de las primeras necesidades una vez cubiertas las más elementales. En ello, parecen haber ganado el derecho a vivir en casas a un precio medianamente razonable, y por ende, a no verse supeditados a una especulación inmobiliaria capaz de arrasar con todo aquello no ofrezca un valor en euros a las instituciones, tan necesitadas en nuestra tierra de comprar votos a base de cubiertas de cristal y ascensores.  Una vez más, decimos Berlin a lo que aquí es quimera.

Aurrera Kukutza, gora zuek!

Com Truise – “Brokendate” from Ghostly International on Vimeo.

pd: Uno no deja de sorprenderse del estado de las cosas, a cada día, cada minuto se suceden noticias que reflejan un preocupante insulto a la inteligencia humana, pero, a cada momento también observamos cientos, miles, de muestras de sentido común de seres igualmente bípedos y generalmente con cuenta en twitter que nos reconfortan minimamente. Si nos estamos yendo a tomar por culo, es bonito saber que nos iremos acompañados por buena gente.

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